
Hace algunos años que el campo dejó de ser solo el contrapunto pictórico a las ciudades y pasó a funcionar como un laboratorio activo de nuevas relaciones entre territorio, paisaje y personas. En él, la urgencia ambiental encuentra la memoria colectiva; técnicas ancestrales dialogan con experimentaciones arquitectónicas; las comunidades locales operan como curadoras de su propio territorio. La ruralidad contemporánea emerge menos como geografía y más como cultura — inscripta en modos de vida que cuidan del medio ambiente.
Se trata de una vasta zona rural que se extiende por el planeta asumiendo distintas expresiones según el contexto — de los arrozales asiáticos a los asentamientos agrícolas africanos, de las pequeñas propiedades europeas a los latifundios y comunidades agroextractivistas de las Américas. Aún así, ¿habría algo que las une detrás de esta pluralidad? Y, sobre todo, ¿cómo revelaría la arquitectura ese vínculo silencioso?


































