
El desierto es un territorio en constante transformación. Moldeado por el soplo de los vientos, sus relieves, ondulaciones y fisuras aparecen y desaparecen en la inmensidad árida, como si el paisaje fuera una pantalla en movimiento. Un lugar de contrastes profundos, donde el calor implacable del día se disuelve en la frescura de la noche, revelando la naturaleza en su esencia más primitiva. Ante esta geografía mutable e indomable, ¿cómo concebir una arquitectura que no solo se integre, sino que también respete y dialogue con un ambiente remoto y en continua metamorfosis? Este es el desafío que enfrentan los proyectos hoteleros ubicados en el paisaje desértico de América Latina.
Definidos como extensas regiones con precipitación extremadamente reducida, los desiertos son ambientes áridos y, muchas veces, inhóspitos. Aunque se asocian comúnmente con los continentes africano y asiático, están presentes en todas partes del mundo, y cada uno cuenta con sus propias particularidades. En América Latina, destacan, entre otros, el Desierto de Atacama y el Desierto de Sonora. El Atacama, con más de 100,000 km2, se extiende por Chile y partes de Argentina, Bolivia y Perú, siendo reconocido como el más seco del mundo. Por otro lado, el Desierto de Sonora, con cerca de 222,000 km2, abarca parte de Estados Unidos, pero también el noroeste de México, caracterizándose por sus paisajes rocosos y la presencia destacada de imponentes cactus gigantes.












