
El ruido de las conversaciones superpuestas, las luces intermitentes de una cartelera, los pasos apresurados en la acera y el constante martilleo de una obra cercana: los espacios públicos a veces se perciben como entornos donde los estímulos se acumulan y con frecuencia nos sobrepasan. Cada persona percibe y responde a estos impulsos sensoriales de manera distinta, y reconocer la neurodiversidad significa comprender que algunos individuos requieren más tiempo para adaptarse, recorridos a ritmo más lento o interacciones más graduales con su entorno. Estos encuentros plantean preguntas fundamentales sobre el espacio público contemporáneo: ¿cómo puede acoger la diversidad de formas en que las personas lo perciben y lo habitan? ¿Cómo podemos imaginarlo como un espacio que abraza todas las maneras de experimentarlo?
Para establecer un punto de referencia, es importante señalar que el concepto de neurodiversidad surgió en la década de 1990, marcando un cambio respecto a las perspectivas centradas en déficits o patologías y orientándose hacia un marco que reconoce diversas formas de pensar y de experimentar el mundo. Esta perspectiva cuestiona los supuestos bajo los cuales se conciben la mayoría de los espacios construidos, diseñados generalmente en torno a un “usuario promedio” cuyas respuestas se consideran lineales y predecibles.














