El derecho al hábitat: los otros mundos en el suroeste de México

El derecho al hábitat: los otros mundos en el suroeste de México

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Durante la década de 1980 las ONG y otros organismos interesados en el tema de la vivienda evidenciaban la necesidad por atender la cuestión habitacional de manera integral y urgente; la búsqueda de un hogar y entorno digno para las personas en situación de vulnerabilidad, principalmente en América Latina como la región más urbanizada del mundo a comienzos del siglo XXI. Ocho megaciudades concentraban el 14% de la población mundial entre las que se encuentran Ciudad de México, Sao Paulo, Buenos Aires y Río de Janeiro, entre otras. Además, la urbe se ha expandido a un ritmo tan acelerado, que ha superado el crecimiento demográfico a causa de la construcción de complejos residenciales, centros comerciales e industriales.

En México comenzaron a formarse redes públicas y de la sociedad civil organizada que tras la declaración de la ONU en 1987 como el Año Internacional de Vivienda para los Sin Techo, se propuso la refundación del Consejo Internacional del Hábitat (HIC), una coalición creada en 1976 y cuya oficina para América Latina se encuentra en México. Se trata de una red con más de 300 miembros de movimientos sociales, organizaciones civiles y académicas con la intención de implementar estrategias centradas en el derecho a la vivienda y el hábitat.

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Un hogar para Chiapas. Image © Jimena Paniagua

Hábitat, habitantes y territorio

El arquitecto Enrique Ortíz lleva más de 60 años dedicado a la producción social; fue secretario general y posteriormente presidente de la HIC-AL. Colaboró con la primera ONG que se dedicó a la producción de la vivienda y el hábitat en México: el Centro Operacional de la Vivienda y Poblamiento (Copevi). Sin embargo, Ortiz hizo hincapié en definir primero qué es el hábitat, ya que es un concepto que suele ser entendido por algunos como sinónimo del medio ambiente o el entorno. Un término cuya vaguedad se ha prestado para otros intereses y tergiversado por distintos actores.

Ortiz relató que, durante la traducción al inglés para un libro del Fondo Nacional de las Habitaciones Populares por su sigla FONAHPO, el término «Habitaciones» fue interpretado por la traductora como «cuartos» por lo que la traducción se establecía como «Fondo Nacional de Cuartos», exclamaba Ortiz, entre risas. Y es que, en materia de vivienda rural, pareciera que se trata únicamente de construir casas, cuando eso precisamente, está totalmente alejado de la realidad.

Lo importante es que «hábitat» es el sustantivo de habitar y lo fundamental de esta acción es la relación que se establece entre las y los habitantes y los territorios. Es una relación dialógica entre la cultura de la gente, sus voluntades, sus sueños, las características del territorio y su paisaje.
- Enrique Ortiz

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Un hogar para Chiapas. Image © Fabian Flores

La relación con el territorio se hace comunitariamente

Lorena Cabnal es una indígena maya-xinca y feminista comunitaria que junto a otras mujeres nos comparten el pensamiento de los pueblos originarios del sur de Abya Yala (Sudamérica). En este paradigma ancestral se encuentra el principio de Sumak Kawsay. Sumak es de origen ecuatoriano en el idioma quichua que significa una buena vida en integralidad y Kawsay proviene del idioma boliviano aymara que se interpreta como lo comunitario, por lo que la traducción de Sumak Kawsay es «buen convivir» o como se ha difundido en otras partes del mundo el «buen vivir» que plantea una vida en plenitud, en equilibrio con todos los seres vivos y con el territorio en el que habita. En México, este conocimiento ancestral se encuentra en Los Altos de Chiapas, el lekil kuxlejal para los pueblos mayas tsotsiles y tseltales.

En contraposición, evidentemente, a lo que trajo consigo la colonización y posteriormente la imposición de un único proyecto de modernidad. El individuo se volvió pieza fundamental de la sociedad y se propiciaron otras formas sociales regidas por el logro individual, el progreso y la racionalidad científica, como señala el sociólogo Urlich Beck. Desde 1960 ya se tenía presente que las personas tenían que ser sujeto de sus propios procesos, según Ortíz, la organización de la gente se vuelve clave. Es en el trabajo colectivo y los comunes acuerdos que se genera tejido social, sin esto, la gestión y producción del hábitat no es posible. 

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Un hogar para Chiapas. Image © Fabian Flores

Durante un primer viaje realizado en Sudamérica en 1969, el arquitecto Ortiz relató que el director del MEVIR (organismo a cargo de la vivienda en Uruguay y sobresaliente en dicha materia) le compartió una historia, y que sucedía cuando llegaban a una comunidad:

—¿Qué me vienes a dar? —Preguntaban los habitantes a su llegada.
—No te venimos a dar nada.
—Entonces, ¿qué me vienes a quitar?
—No te vengo a dar, ni a quitar nada. Y añadía—:
—Vengo a hacer yunta contigo. 

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Un hogar para Chiapas. Image © Alan Díaz

El tener un intercambio de saberes se vuelve vital, desde un pleno ejercicio de igualdad, sin jerarquías y en horizontalidad. Además, todavía no había conciencia sobre las implicaciones ambientales hasta 1992 con la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro motivada por la preocupación ante la destrucción ambiental. Y es que las prácticas extractivistas, la sobre explotación de la naturaleza y el calentamiento global les obligaron a cuestionar si realmente había posibilidades de un futuro. 

El arquitecto Álvaro Lara tiene más de 12 años de experiencia con su estudio homónimo donde comenzaron a realizar proyectos en Chiapas y Oaxaca. Lara afirma que, además de garantizar una vivienda digna para todas y todos, otro de los mayores retos es dejar de ver a las comunidades rurales como un tema de ayuda o asistencialismo, postura que también comparte la arquitecta Mariajose Aguilar, que junto a tres colegas fundaron Un Hogar para Chiapas. Tras la necesidad de generar viviendas temporales a causa de los terremotos de 2017 fue que les hizo ver la urgencia, más bien, de tener un hogar a largo plazo, es decir, un hogar en el amplio sentido de la palabra.

Desde el proceso de diseño hasta la autoconstrucción

En su libro Autonomía y Diseño. La realización de lo comunal, el antropólogo e investigador colombiano Arturo Escobar profundiza en los estudios críticos del diseño y cuestiona la distinción de dos conceptos utilizados en la práctica de diseño: el diseñador (experto) y el usuario (cliente) por lo que se vuelve evidente, la relación de poder que hay entre quienes «saben y enseñan» y quienes «ignoran y aprenden». Esto propicia que el conocimiento fluya de manera jerárquica y perpetuando una dependencia de uno por el otro. En cambio, se plantea el desvanecimiento de estos roles jerárquicos y la necesidad de diseñar en conjunto y por el bien común: «co-diseñar». En todo caso, plantear la figura de la diseñadora y el diseñador como facilitador(a) y mediador(a).

Y, además, como afirma Tim Brown, citado por Albarrán: «El diseño de ha vuelto demasiado importante como para dejarlo en manos de los diseñadores». No obstante, cabe recalar que en la producción y la gestión social del hábitat se encuentran muchas posibilidades para que diseñadoras y diseñadores de otros campos de estudio —no sólo arquitectos— se vuelvan parte de los procesos del diseño participativo.

Cooperación Comunitaria

“Desde el primer contacto con la comunidad comienza el diseño participativo”, afirma Lizet Zaldívar, al frente de proyectos arquitectónicos en Cooperación Comunitaria donde trabajan en la disminución de la vulnerabilidad y el aumento de la habitabilidad de las comunidades rurales en México. Tienen presencia en 11 municipios de cuatro estados del país: Chiapas, Guerrero, Hidalgo y Oaxaca. La coordinadora general Isadora Hastings compartió las seis etapas del proceso de la producción y gestión social de hábitat:

  1. El diagnóstico comunitario
  2. El diseño participativo
  3. La planeación y organización
  4. La implementación
  5. La evaluación
  6. El uso y mantenimiento

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Autoproducción del Centro de Formación en Agroforestería, por parte de la comunidad de Kaquemteel, Chilón, Chiapas. Image © Cooperación Comunitaria A.C.

Hastings destaca que para Cooperación Comunitaria es muy importante dar seguimiento a la última etapa ya que les indica que tan apropiados son los procesos que ejecutan o las posibles modificaciones para hacer una mejor adaptación. En la montaña de Guerrero, en el municipio de Malinaltepec, por ejemplo, tras los daños ocurridos por el huracán Ingrid y Manuel en 2013, llevaron a cabo el diseño de un proceso de reconstrucción integral del hábitat donde se realizó un análisis de riesgo por deslave y generaron 33 viviendas de adobe reforzado, una biblioteca comunitaria, la recuperación de prácticas agrícolas sustentables y la reforestación con especies locales en la comunidad indígena El Obispo. Se mejoraron técnicas de construcción con adobe y que, tras los sismos del 2017, hoy se encuentran en perfecto estado.

Según un análisis realizado por Cooperación Comunitaria, la vivienda reforzada de adobe y autoproducida es 51% más económica y 64% más ecológica que una vivienda hecha de tabicón y losa de concreto. Es entonces, que se vuelve importante revalorizar los materiales tradicionales o vernáculos ante la invasión de los materiales prefabricados y el concreto como una falacia del progreso para la construcción de vivienda. 

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Diseño participativo para la reconstrucción de cocinas y la recuperación de las actividades económicas de las mujeres Ikoots, San Mateo del Mar, Oaxaca. Image © Cooperación Comunitaria A.C.

Por otra parte, Álvaro Lara menciona que en su práctica siempre procuran justificar el uso de materiales ya que suele romantizarse, un ejemplo de ello es el bambú porque no en todas las regiones es un material óptimo para una estructura. El arquitecto Ortiz también destaca que la variedad de materiales en México por región es muy amplia; por ejemplo, el adobe o los diferentes tipos de tierra en Oaxaca; el bambú y la piedra en Chiapas, además de la diversidad de maderas en algunas zonas selváticas y más verdes.

La arquitecta Mariajose Aguilar recalca la importancia de utilizar los materiales que tengan a su disposición, así sea tierra, block, varilla o concreto con la condición de localizarlo en un rango no mayor a 1 km si requiere comprarse; esto con la intención de procurar la huella de carbono producida. Con la realización de ocho viviendas hasta el momento, el proceso de Un hogar para Chiapas consiste en un acercamiento con la población y la lectura del lugar, co-diseñar con la comunidad y después materializar en conjunto. Este tipo de metodologías propician las condiciones para que las personas implicadas primero sean conscientes de las necesidades existentes y entonces, las establezcan con claridad. Se trata también, según Lizet y desde la experiencia de Cooperación Comunitaria, de un proceso que no es lineal, que se encuentra en constante retroalimentación y evaluación.

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Reconstrucción de cocinas de bajareque cerén, técnicas constructivas tradicionales para la recuperación de la economía de las mujeres. San Mateo del Mar, Oaxaca. Image © Cooperación Comunitaria A.C.

La producción social del hábitat «no surge de una pregunta, sino de un proceso social y cultural» enfatizó Ortiz, al precisar que surge de un proceso en el que trabajan juntas y juntos. Es el resultado de una contribución de saberes que no solo favorece el respeto, también la reivindicación de la cultura indígena. La labor en la gestión y producción social del hábitat ayuda a comprender lo necesario que es reconocer y valorar los saberes de los pueblos originarios. Una prueba de ello, es la traducción de manuales a lenguas originarias con los que Cooperación Comunitaria documenta los procesos de construcción. Generan un registro de la mano de traductores, albañiles y habitantes para que puedan consultarlos posteriormente. Es una documentación realizada en entornos de comunidades, clima, materiales y condiciones específicas, por lo que no es recomendable replicarlos en otros contextos.

Para nosotros son muy importantes los manuales, porque justo a través de la lengua es que se transmiten saberes.
- Lizet Zaldívar

Sucede que, durante el proceso de autoconstrucción, hay un acompañamiento, asesoría y capacitación de oficios como albañilería y carpintería según sea el caso. Aprenden, enseñan y comparten diferentes procesos como el reforzamiento de un cimiento o cómo generar bloques de tierra para construir sus hogares de la mano con los técnicos. Las comunidades aportan entre el 10 y 42% de la construcción, que equivale a mano de obra y materiales locales, además de comidas para albañiles y hospedajes según una medición realizada por Cooperación Comunitaria.

En Chiapas, por ejemplo, compartió Aguilar, se apoyan de una máquina de compresión donde introducen tierra que, a base de fuerza humana, la comprimen en forma de bloques para después ponerlos a secar durante tres días. Y quienes se vuelven entusiastas y expertos en este proceso son los niños que, aunque comienza como una suerte de juego, después les permite enseñar a los adultos. También las mujeres toman agencia y participación durante este proceso, se vuelven constructoras, gestoras y conciliadoras en la toma de decisiones por el bien colectivo. Resisten ante un sistema patriarcal que las relega únicamente a las labores domésticas y que las vulnera en una cultura machista. De esta manera, se genera tejido social al participar todas y todos, niñas, niños, mujeres, hombres y naturaleza.

La vinculación con la docencia también ha permitido a Aguilar, investigar y analizar sus prototipos de vivienda de la mano de otros docentes como estructuristas en laboratorios de geotécnica. Esto ha propiciado eficientar procesos y compartirlos para que, en un futuro si así lo requieren, las y los habitantes puedan reforzar o ampliar sus hogares replicando procesos aprendidos.

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Autoproducción de vivienda tradicional reforzada de bajareque, Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Image © Cooperación Comunitaria A.C.

Política pública para la producción social del hábitat

Si bien, hay mucho por trabajar desde los organismos públicos, los retos se complejizan cuando se trata de fortalecer políticas públicas que mejoren las condiciones para la producción social. Y resulta contradictorio, precisamente cuando se insiste en considerar al campo como un apéndice regido por los intereses de la urbe. Tal es el caso de los programas y organismos que operan para el desarrollo de la vivienda, y cuya mayor presencia se encuentran en la ciudad a comparación de los pocos que operan en zonas rurales como lo son el Consejo Nacional de Organismos Estatales de Vivienda (CONOREVI), la Comisión Nacional de Vivienda (CONAVI) y el Fondo Nacional de Habitaciones Populares (FONAHPO). 

Pero también se ha logrado mucho en la materia. En El camino posible. Producción social del hábitat en América Latina, Enrique Ortíz expone en Veinte años de políticas de vivienda. Impactos y perspectivas, un análisis histórico sobre el desarrollo de políticas habitacionales en México y donde explica cómo se han establecido las condiciones para hacer producción social en el país y los objetivos alcanzados a lo largo de dos décadas.

Hace no mucho tiempo, los sistemas tradicionales de construcción eran considerados como rezago habitacional y no eran acreedores a financiamientos públicos, sin embargo, eso ha cambiado a partir de la incidencia en políticas por parte de la Red de Producción Social de Vivienda conformada por más de 15 organizaciones de la que forma parte Cooperación Comunitaria con el apoyo de HIC-AL. En Guerrero llevan a cabo la construcción asistida con adobe y en Oaxaca utilizan bahareque tradicional como parte del programa y política de vivienda pública a través de la CONAVI. Aunque a nivel ingeniería, enfatizó Hastings, todavía se duda de la durabilidad y resistencia sísmica de los materiales cuando precisamente lo que se procura es reforzar los sistemas constructivos para que resistan.

El factor tiempo también se vuelve importante al considerar que los financiamientos otorgados a través de Hacienda y Crédito Público funcionan bajo la lógica del capital y por periodos anuales, en contraste al trabajo con las comunidades para la producción social del hábitat que tiene una duración de alrededor de dos años, precisamente porque el diseño participativo implica un proceso complejo que va más allá del diseño arquitectónico y la construcción donde además, se consideran los tiempos de los ciclos naturales hablando desde la experiencia de Cooperación Comunitaria.

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Diseño participativo de estufas ahorradoras de leña con un grupo de 22 mujeres en la Montaña de Guerrero. Image © Cooperación Comunitaria A.C.

La autonomía comunitaria y la defensa del territorio

La defensa comunitaria del territorio se ha vuelto vital ante las prácticas extractivistas de los grandes corporativos trasnacionales y estatales que ofrecen una falsa idea de modernidad, infraestructuras y generación de empleos a costa del deterioro ambiental y la destrucción de la biodiversidad y sus hogares. También ante los riesgos de desastres naturales. Por el contrario, la gestión y producción social del hábitat implica fortalecer las instituciones comunitarias, es decir, la formación de promotores locales que permitan establecer acuerdos y reglas claras en el manejo de los bienes comunes.

Utopías en construcción es un libro realizado por la Coalición Internacional para el Hábitat – Oficina para América Latina (HIC-AL) donde reúnen experiencias y proyectos transformadores en diferentes partes del continente; en el caso de México, algunas regiones de Querétaro y Puebla se vuelven una referencia para entender a las cooperativas de ahorro y préstamo como un sistema que funciona para la gestión de sus fondos permitiéndoles autonomía financiera. Además de programas públicos que han incidido en microemprendimientos, ferias o mercados locales, según sea el caso, la comunidad adquiere su propia fuente de trabajo y de servicios. De esta manera, toman la libertad de decidir las condiciones bajo las cuales quieren crecer. En este sentido, las mujeres han tenido un papel importante, ya que, en la mayoría de estos casos, son las mujeres quienes lideran y participan activamente.

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Un hogar para Chiapas. Image © Alan Díaz

Uno de los mayores retos para la producción social del hábitat, desde la experiencia de Aguilar, fue la construcción en zonas incomunicadas a causa de los derrumbes o crecimientos de ríos que dificultan el traslado de los materiales. Así como la carencia de infraestructura para el acceso al agua potable y servicios básicos de salud como el drenaje, el saneamiento y hospitalario. Por ello, también se vuelven importantes las tecnologías apropiables, esto es, sistemas que se adapten a las condiciones del territorio y sus habitantes. Uno de los requerimientos de la vivienda sustentable establece que, debe instalarse por lo menos, dos enotecnias durante la construcción que pueden ser: el fogón ahorrador de leña, una cisterna de almacenamiento de agua de lluvia o sanitario seco, entre otros. 

La gente no es el objeto de intervención, sino el sujeto de su propia transformación.
- Enrique Ortíz

De ese proceso social y cultural que mencionó Ortiz, es precisamente donde el carácter afectivo con el lugar y entre las personas, toman forma. Las y los habitantes se vuelven participes y responsables de sus propios procesos en la búsqueda del buen vivir. “El mundo en el que quepan muchos mundos» enunciado por los zapatistas. Un compromiso constante por hacer de la utopía una realidad. Ese sueño en común desde los cuidados y los afectos: el cuidado por el territorio y el afecto que se construye a lo largo del proceso y que se vuelve el cimiento de la comunidad”.

Este artículo fue originalmente publicado como parte de una colaboración con el sitio web coolhuntermx.

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Sobre este autor/a
Cita: Cristina Cruz. "El derecho al hábitat: los otros mundos en el suroeste de México" 11 nov 2021. ArchDaily en Español. Accedido el . <https://www.archdaily.cl/cl/971693/el-derecho-al-habitat-los-otros-mundos-en-el-suroeste-de-mexico> ISSN 0719-8914

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