
En ocasiones la arquitectura se presenta como objeto de responsabilidad, como un ejercicio de reconocimiento de su autoría, con el objetivo de definirla y delimitarla. Nos urge la necesidad de saber quién fue su autor, de reconocer a quien fue capaz de la realización de tales invenciones. Otras tantas veces, la arquitectura no reclama la presencia de responsable alguno; de ahí que se hable de arquitectura anónima o “arquitectura sin arquitectos”, es decir, una arquitectura meramente popular. En el caso de Carme Pinós, inevitablemente, lo construido habla de quién lo construyó. Su arquitectura deja entrever la energía que emana de su persona. Una arquitectura vibrante, directa, tensa; recorrida por una continua agitación que la domina. En ella, los elementos están en continuo movimiento de una forma totalmente infundada, no por su propia virtud.
Ese territorio inexplorado que Carme Pinós recorrió, con tanto entusiasmo, junto con Enric Miralles en aquella lejana década de 1980, sigue hoy siendo su dominio, su terreno, su patria. Una arquitectura que no tiene límites, que aspira a convertirse en geografía, que se expande sin frontera alguna. Esquemas lineales, perfiles trazados discontinuamente, un lenguaje casi fragmentario. Todo ello englobado dentro de una forma de hacer que jalona y delimita el paisaje, casi intentando atrapar el aire, y dotando a la obra de referencias que nos hablan de sus gentes. Las arquitecturas de Carme Pinós son, ante todo, señas de identidad de su persona; nada tienen que ver con aquella arquitectura anónima que se mencionaba al comienzo de estas líneas. El drama de su arquitectura es que, en último término, la presunta universalidad con la que quiere dotar a su arquitectura —esa condición anónima— nunca es tal; tomándose, como mencionaba anteriormente, como una expresión de su apasionada persona.
