
Ya sea que viva en un área urbana, suburbana o rural, es muy probable que usar una acera, de alguna manera, sea parte de su rutina diaria. Ya sea que cruce una acera para llegar a su automóvil en un estacionamiento o camine varias cuadras en su viaje diario a su oficina en el centro, las aceras son fundamentales para crear lugares seguros para los peatones lejos de las calles. Pero, ¿qué sucede cuando las ciudades no se hacen cargo del mantenimiento de las aceras y quedan protegidas por las personas que solo las usan?
Las aceras alguna vez fueron las principales fuentes de transporte en las ciudades estadounidenses y el epicentro de los acontecimientos sociales. Antes de que existieran los automóviles, las aceras eran lugares donde confluían todos los modos de tránsito: los caballos tiraban de los carruajes, las personas deambulaban libremente y los tranvías movían a las personas de un lugar a otro. El desorden de la “acera” permitía a la gente moverse libremente en todas las direcciones. Cuando se introdujeron los automóviles y se convirtieron en las principales fuentes de transporte, las aceras se convirtieron en lo que conocemos ahora: franjas de pavimento apartadas y designadas para que las personas caminen, con señales que indican cuándo se nos permite legalmente cruzar la calle a la siguiente acera.




