
En arquitectura, los desniveles internos muchas veces son consecuencia directa de las condiciones topográficas del terreno. En este caso, los espacios interiores –y sus múltiples desniveles- son el reflejo de las estrategias de diseño adoptadas para permitir que los edificios se amolden a las diferencias de altura del suelo –es común, por ejemplo, encontrar proyectos escalonados en lotes con fuertes pendientes, montes o acantilados-. Además de este primer condicionante, la incorporación de desfasajes y desniveles en los interiores también puede adquirir un carácter funcional, permitiendo segmentar los espacios de manera virtual, cortando el plano horizontal a través de medios niveles más altos o semienterrados –así, por ejemplo, un espacio que se ha rehundido o elevado 50 cm respecto a su contiguo, aparece como un sector diferenciado sin necesidad de incorporar muros u otros cerramientos-.
Esta capacidad de “segmentar dos espacios” sin necesidad de dividirlos permite establecer jerarquías entre los diferentes locales y potenciar, a la vez, las conexiones visuales entre los mismos. En la reconocida Villa Müller, Adolf Loos da un primer paso en la experimentación con este recurso, estudiando las potencialidades de operar con niveles dispares. Con su Raumplan o planta espacial, Loos distribuye los diferentes espacios a distinta altura según su función, trabajando tanto su nivel de piso como de techo y planteando una concepción libre del espacio.























