
Fernando Higueras (1930-2008), exponente de la modernidad arquitectónica tardía de los años 60 en España, fue junto con muchos otros uno de aquellos jóvenes ícaros que estaban obsesionados con tocar el sol. Su arquitectura, lejos de cumplir con las rígidas pautas que conformaban la realidad de la época, se elevaba por encima del plano terrenal con una única meta: conquistar lo desconocido. Ya entonces, llegó a la conclusión de que la arquitectura moderna estaba equivocada, de que nada tenía sentido. Miraba a su alrededor, a figuras como Le Corbusier, Mies van der Rohe -sus cubiertas planas, su obstinada obsesión por la ligereza- y nada cuadraba para él. Su actitud indudablemente reaccionaria le llevó, ya desde joven, a mostrar la temprana osadía de revelarse contra la hipocresía de los triunfadores.
Su forma de trabajo, lejos de ser novedosa o excepcional, nos repetía la eterna lección sobre el proceso creativo. No bastaba con el talento y la gracia, sino que estos debían de ir acompañados de una ingente dosis de tesón y, sobre todo, de afición; en aras de no arredrarse ante los problemas y sacar partido a las dificultades que cada uno de ellos planteaban. Podemos considerarle como un arquitecto optimista frente al proyecto, convenciéndose a sí mismo de que éste tenía solución dentro del guión o patrón que de antemano imaginaba. No seguía el rutinario método racionalista de comenzar por el organigrama funcional —algo que todavía sigue enseñándose a día de hoy en las escuelas—, sino que se compenetraba con él, intentando adosarlo dentro de su esquema apriorístico, modificando éste en caso de ser necesario hasta encontrar el compromiso que le satisfacía.





