
El cine de acción clásico, caracterizado por altas dosis de testosterona fílmica y un estilo gamberro, encontró el final de su época a principios de la década de los noventa. Los gustos del público se enfocaron hacia cintas con efectos especiales revolucionarios, donde fantasías como “Jurasic Park” (1993) se volvían clásicos instantáneos al momento de su estreno. Y justo en dicho año, donde se produce el punto de inflexión, vemos estrenada “Demolition Man”. Pese a lo mencionado anteriormente, su acogida entre el público fue buena, en gran parte por el carácter irreverente y cómico que mostraba, casi auto paródico de la formula clásica del cine de acción, transportándonos a un futuro soso y pacifico donde solo dos hombres traídos del pasado “barbárico” de la humanidad podían corregir el rumbo de la misma a punta de pistola.
La premisa de la cinta, aunque simple, nos permite observar el proceso de evolución de la zona metropolitana de Los Angeles. En el presente (1996) se nos muestra una versión apocalíptica, una ciudad consumida por la violencia y la criminalidad donde solo la brutalidad policial logra mantener el orden al precio de convertir el territorio en un campo de batalla. Dicha situación imaginaria se basó en el alza de criminalidad que la ciudad atravesaba en la realidad y al escepticismo de hallar una solución clara para erradicarla.
Para el año de 2032 la situación es diametralmente opuesta. Al despertar de los protagonistas la ciudad se ha transformado en un territorio ordenado, caracterizado por una estética futurista y de amplios espacios ajardinados que recuerda mucho al estilo de los suburbios burgueses de Beverly Hills dentro del propio estado de California. Resulta una utopia visual en todos los sentidos que recuerda mucho al concepto de ciudad jardín, donde los ciudadanos tienen la oportunidad de disfrutar una vida en convivencia con su entorno natural.
