
Con o sin crisis, la pregunta es inevitable para los arquitectos: “Y después del título, ¿ahora qué?”. Dominado por esa duda existencial, hace dos años el entonces recién titulado arquitecto español Pedro Hernández resumía el futuro de sus colegas en tres posibilidades: becarse, emigrar a otras burbujas inmobiliarias o reinventarse. Y a miles de kilómetros en el hemisferio sur, la polifacética arquitecta chilena, Valentina Rozas, confesaba en una entrevista que “hay cosas que me interesan, voy a ellas y no funcionan. Es parte de las oportunidades que tengo ahora de poder fracasar. Creo que hay que darse espacio para poder fracasar o renunciar”.
Centrémonos en esto último después del salto.
Hace ya algunos años, circulan tres cifras encadenadas que causan preocupación entre arquitectos y estudiantes chilenos: anualmente, 48 escuelas de arquitectura matriculan a 3.500 estudiantes y titulan a 1.400 colegas, en un mercado totalmente saturado. El futuro se ve oscuro, las prácticas profesionales deprimen y entre los ya titulados, todos conocemos bien a esas oficinas explotadoras que no sólo no contratan a sus empleados (ni cotizan ni cuentan con seguro médico, y claro, ruegan por no sufrir accidente alguno), sino que también los hacen trabajar mucho más de lo acordado y con escuálidos sueldos para un gremio que vio días mejores. Sin embargo, en la universidad hablar de dinero en taller -o de clientes de carne y hueso- resulta ser un tema tabú. ¡Estudiantes, que el dinero no ensucie la belleza de la disciplina!, te dicen. Y claro, no sólo no la ensucia, sino que llegamos al punto en que muchos ni siquiera saben cuánto cobrar por un plano, ni menos por un proyecto.





